sábado, 13 de septiembre de 2014

Un amante maduro


Yo no era virgen pero si muy inexperta, había llegado el momento de decidir que él sería el hombre que me enseñara algunos secretos que no conocía, de alguna manera era como hacer el amor por primera vez.

A mis escasos 20 años…y un poco más, estaba aun estudiando en la universidad, y había logrado conseguir un empleo. No estaba bien remunerada, pero yo me sentía orgullosa de tener la oportunidad de aprender algo nuevo.

Todo el mundo era mayor que yo, y yo quería estar a la altura. Siempre o casi siempre trataba de verme bien, lucía faldas y blusas, complementados con unos buenos zapatos altos para disimilar mi estatura y además para que mis curvas se realzaran.

Uno de los gerentes del grupo,  un hombre de apariencia seria y responsable, de unos 40 y tantos años, obviamente mucho mayor que yo, siempre impecablemente vestido, su pelo bien peinado y perfectamente afeitado, aprovechaba cualquier momento para cruzarse en mi camino o acudir a mi mesa disimulando cualquier escusa, para aprovechar y deleitarse mirando mi escote, mis piernas o lo que fuera.

Yo lo veía como algo normal, no soy una mujer voluptuosa pero siempre he despertado miradas y lujuria, aunque intentara disimularlo los ajustados vestidos aprisionaban mis curvas y todo se veía atractivo para la felina mirada de este enigmático hombre.

Había empezado hablándome de forma cariñosa, algo que no me molestaba en absoluto, pues lo veía como un gesto amable en una profesión en la que todos quieren pasar por encima de los otros, sin embargo, poco a poco sus palabras se fueron tornando en piropos, primero muy suaves del tipo “que guapa estas hoy”, “que bien te queda ese vestido”… para pasar a chatearme pequeñas obscenidades al celular, comentarios de fuerte carga erótica, y que si bien al principio me incomodaban, pasados unos días, producían escalofríos y una extraña sensación entre mis piernas.

Pasaban las semanas y sus palabras habían pasado a ser descripciones de lo que podría hacerme si yo quisiera, y mi entrepierna cada vez estaba más húmeda y caliente.

Nunca me habían interesado los hombres mayores, desde que me había desarrollado tenía varios muchachos que andaban a mí alrededor intentando que les hiciese caso, pero ninguno había logrado llamar mi intención,  y si bien había tenido algún noviete, no habíamos explorado el sexo como yo hubiera querido. Con ninguno de ellos me había sentido preparada para dar un paso más, no conseguían que deseara estar con ellos en el sentido más carnal y a plenitud. Sin embargo, este hombre maduro, solo con sus palabras, había logrado que deseara tenerlo en mi interior.

Un día, dimos el primer paso, comenzamos a frecuentar los principales parqueos de la ciudad, era todo erótico y medio salvaje, yo me dediqué a observarlo y lo que observaba me gustaba pero aun no estaba del todo decidida. Hasta que llego el primer contacto, lo fui a buscar a su casa y nos fuimos a un push porque tenía visita en su apartamento y no podíamos hacerlo allí. Llegamos al push y apenas me dio tiempo a reaccionar cuando su boca ya se había unido a la mía besándome con pasión y fuerza, respondí a su beso entrelazando mi lengua con la suya, no ofrecía ninguna resistencia, estaba dispuesta a entregarme a él. Noté una de sus manos apretando una de mis nalgas, con la otra recorrió mi pierna y metió su mano entre ellas, pasó sus dedos, notando mi humedad, me sonrió y comenzó a penetrarme de la forma mas primitiva y salvaje que haya conocido.

-Estás muy mojada y caliente, eso me gusta.-

Volvió a besarme y luego mordió mi  cuello, erizándome la piel, siguió bajando y agarró uno de mis senos para llevárselo a la boca, besándolo, jugando con mi pezón. Llevó su mano a mi sexo inició un movimiento circular sobre mi clítoris con su dedo, lo alternaba con suaves pellizcos sobre él, sus otros dedos se deslizaban por toda mi xuxa esparciendo los flujos que salían de mi interior.

Reaccione y lleve mi mano a su miembro, lo acaricié y logre sacarlo de la prisión de su pantalón y su bóxer. Sentía su dureza en mi mano, era un miembro enorme y caliente. Comencé una masturbación suave pero firme, aceleré el movimiento y comencé a chupárselo violentamente, mi cuerpo se estremecía y este hombre comenzó a poseerme con mucha fuerza.

Después tuvimos cientos de encuentros, le gustaba sacársela para dejarme admirar su miembro y luego mirándolo directamente a los ojos, sacaba la lengua y lamía la cabeza de su pene. El siempre gozaba con mis mamadas, indicándome que le gustaba, así que continuaba con la tarea, deslizaba mi lengua alrededor de su glande, pasándola por encima del agujerito, seguí bajando, lamiendo todo el tallo y hacia el recorrido al revés hasta llegar de nuevo al glande, esparcía mi saliva y su líquido pre-seminal por toda su pinga y la besaba suavemente, jugando con mi lengua sobre él, masajeaba sus testículos, acariciándolos con mi mano.

En sus ojos entrecerrados siempre podía notar el placer que le proporcionaba. Siempre era yo quien, poco a poco, o violentamente me metía su enorme verga en mi boca, dejando que notara como iba entrando. Cuando la tenia así casi del todo dentro, la rozaba con mi lengua y empezaba a mamársela cada vez más rápido, permitiendo que de cada embestida se metiese más hacia mi garganta, hasta que sentí como su cuerpo se tensaba, sus manos apretaban mi cara contra su entrepierna, y tres chorros de su delicioso semen salían directos hacia mi boca. Mantenía su pinga allí limpiándola con mi lengua, esperando a que se deshinchase, luego lo besaba.

Durante años mantuvimos una relación sexual sin igual, algunas veces eran sesiones normales y en otras mejoraba y me daba un placer enorme, era muy ocurrente y para nada aburrido sexualmente hablando. A veces teníamos hasta más de una sesión semanal. Un día decidí tomar el control de la situación, porque noté que se estaba enamorando y eso haría monótono nuestros encuentros sexuales, ya era hora, y quería sacar a relucir todo lo que me había enseñado así que un bien día decidí no ir mas a su apartamento aunque el siempre insistía e insistía sin saber que su insistencia lo alejaba mas y mas de mi.


Habría muchas anécdotas más que contar de este “Latin Grey” pero quedaran para una próxima sesión...

Roberto 

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