jueves, 4 de junio de 2015

El legado de una abuela

Hace unos años empecé a preocuparme más por compartir con mi abuela materna. Sentía que no podía desaprovechar el tiempo con ella como lo hice con mi abuela paterna. Definitivamente la distancia y el hecho que era de padre determinó que no compartiera mucho y falleció. Se llamaba Hermelinda y sí era muy linda.

Un domingo “x” algo se celebró en la finca de mi abuela Ángela y fui con mi madre. Fue en ese momento que mis ojos se abrieron. ¡Qué familia tan bella y unida! … por los hijos de mi abuela. Por alguna razón, supongo que soy así  y no es por echarme flores, empecé a ayudar en todo, que si fregar, hacer una chicha o lo que más me gusta que es aprender a cocinar esas delicias panameñas que sólo tu abuelita sabe hacer, especialmente la receta más importante de todas, los famosos tamales. Cada año nos reunimos en diciembre hasta que aprendí a hacer los benditos y gloriosos tamales. Mi hermosa Ángela dando instrucciones y ella muy orgullosa de su nieta Sofía aprendiendo porque ninguno de mis otros primos se inmuta en aprender ni hacer nada.

Mi pensamiento un poco egoísta se convirtió en placer. Digo egoísta porque pensaba que mi abuela se iba a morir pronto y nadie de su familia cercana aprendió a hacer los tamales. Cada vez que lo hacían, la ayudaba otros y no nosotros.  En fin, por suerte deje ese pensamiento absurdo y no tengo palabras para hacerles entender que compartir con mi abuela es como si el tiempo se detuviera, es tan agradable conversar con ella. Me di cuenta que no es una abuelita cerrada. Con razón yo tengo la mente tan abierta y es que soy muy parecida a ella. Podemos hablar de sexo, gays, lesbianas, como hasta de política y religión sin que haya discusión. Puedo decir que los padres de la iglesia son estúpidos y ella en parte está de acuerdo conmigo. Tomarme un café con ella se vuelven varios en una sentada escuchando sus sabias palabras. La pasamos tan bien juntas que casi todas las semanas se aloja en casa de mi mamá hasta los jueves. Como me encanta su compañía.

Ahora sólo agradezco el poder aprovechar con ella cada momento. El domingo cumplió 86 años. Ella gozó ese festejo como no tienen idea. Casi hasta bailo, soplo las velas de sus cuatro dulces hasta que se apagaron y pienso que se sintió más querida que nunca, yo casi lloro de la felicidad que ella irradiaba.

Señores, no esperen como yo hasta último momento. Si tienen a esos seres tan especiales llamados abuelos, aprovéchenlos. Son tantas las cosas que aprendemos de ellos. En este instante, con estas líneas mis lágrimas salen de mis ojos, quiero más tiempo con ella, quiero compartir mas, aprender más, conversar mas.  Y lo haré más y más hasta que el tiempo decida que deba decirle adiós.

Te quiero, feliz 86 y Gracias por ser mi abuela.